El muro de contención


Al iracundo poder financiero le pasa lo que a la espada de un samurai: una vez desenvainada es obligado matar a alguien, y en las próximas elecciones van a rodar unas cuantas cabezas. El pueblo quiere sangre a raudales, y el espectáculo debe continuar.

La deuda de los partidos políticos con la banca es uno de los secretos mejor callados de la democracia española. En 2008 siete de cada diez euros manejados por los partidos políticos eran deuda. Cuando ese mismo año la banca cerró en grifo del crédito, los partidos políticos aumentaron su deuda un 4%, incrementándose en 22 millones hasta un montante total de 58 millones de euros de deuda. En 2009 la deuda se incrementó un 50%, hasta los 41 millones. Si bien son cifras confusas y difíciles de aclarar, lo cierto es que sistemáticamente las entidades financieras renegocian o perdonan esa deuda ante la imposibilidad de cobrarla. Justo lo contrario de lo que hacen con el resto de sus deudores comunes y corrientes, que deben pagar con sus bienes presentes y futuros.

Si vamos a hacer un rescate de la banca para evitar que quiebre, ¿por qué no empezamos cobrando todo ese crédito moroso, liquidando el patrimonio de los partidos políticos para pagar hasta el último céntimo de deuda vencida? La respuesta es muy simple: los partidos políticos están financiados por la oligarquía económica. Desde un punto de vista funcionalista, la finalidad de los partidos es mediar entre los votantes y el sistema bancario. La clase política hace de muro de contención (o de pantalla, como prefieran) entre los gobernados (nosotros) y los gobernantes (la oligarquía financiera, en sentido abstracto). Ese espectáculo de sombras chinescas mantiene nuestra ilusión de vivir en una democracia real (nosotros elegimos quién nos gobierna) ocultando la siniestra naturaleza del tinglado político de las democracias occidentales (otros eligen a quienes nosotros elegimos). En términos empresariales es como una subcontrata: en vez de un contrato fijo, nuestros políticos trabajan con un contrato temporal de cuatro años, aunque renovable.

El peaje a pagar por tolerar esa disfunción es la democracia tutelada o paternalista, donde se respetan con carácter general los derechos civiles (libertad para quejarse, opinar, consumir o viajar, siempre y cuando no pongas en riesgo el equilibrio del tinglado) a cambio de mantener un nivel de vida confortable y sin sobresaltos, basado en el consumismo narcisista (comprar mucho y barato). El problema viene ahora, cuando esa promesa hedonista de una vida llena de cosas y dinero no se cumple, porque “no hay pan para tanto chorizo”, según el grito de moda.

Qué lejos nos parece ahora aquella época de juerga crediticia: si tenías 1 euro en tu cuenta corriente su valor mermaba a tal velocidad que resultaba más barato pedirlo prestado y pagar un bajo interés por él. A un paso estuvimos de ver helicópteros sobre las ciudades lanzando billetes al populacho, al viejo estilo imperial romano. Y sin embargo, no lo olviden, eso ocurría hasta antes de ayer. Ciudadanos sobreendeudados (y por tanto, a su manera, cómplices del sistema), políticos corruptos (sin posibilidad de recambio a corto plazo) y acreedores insaciables (dentro y fuera del país) dibujan entre todos un panorama de aúpa, del que nadie sabe a ciencia cierta ni cómo ni cuándo vamos a salir. A salir, claro, para volver a caer en lo mismo.

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2 Comentarios

  1. Gregorovius said,

    Maio 19, 2011 ás 00:58

    la finalidad de los partidos es mediar entre los votantes y el sistema bancario

    Boa definición, aínda que xa desfasada. “Mediar” xa non é a mellor palabra para nomear a súa función de cans de garda, ou de pallasos.

    • iesounonies said,

      Maio 19, 2011 ás 00:59

      Vale, acepto a corrección; troquemos “mediar” por “marear”.


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