Plantillas


Por un error informático se me ha perdido la última entrada, que había escrito ayer mismo. Si has pasado hace unas horas por aquí tal vez la hayas visto. Una pena, porque era un texto bastante largo. Por suerte conservo algunos párrafos del borrador.

En la entrada explicaba con cierto detalle cómo se pide una plantilla de profesores, algo que hemos tenido que hacer estos días, y que puede ser de interés para todos los contribuyentes (a quienes en cierta medida van dedicadas estas páginas), incluso para aquellos profesores que no lo hayan hecho nunca (como era mi caso hasta ahora). Voy a tratar de resumirlo en pocas palabras.

Los equipos directivos no contratan a los profesores directamente: lo hace la Administración, que los envía a petición del centro, siguiendo un elaborado protocolo. La plantilla de un centro de educación secundaria se pide a principios de julio. Como quedó explicado en su día, no se sabe con exactitud cuántos alumnos va a haber el curso que viene en cada nivel, puesto que quedan los exámenes de septiembre. Eso conlleva una dificultad añadida a todo el procedimiento. Ignoro por qué eso está planificado así: tal vez cuando algún Conselleiro o Delegado de Educación abran su propio blog nos enteremos. Mientras tanto, es lo que hay.

Para estimar cuántos alumnos va a haber en cada nivel (en total, seis niveles: cuatro obligatorios y dos no obligatorios) basta contar los aprobados en junio y sumarle los que parece evidente que van a aprobar o promocionar en septiembre. Hay que tener en cuenta que parte de los de primero de secundaria vienen de la primaria, y su número se conoce porque gentilmente nos lo notifican los colegios. Al mismo tiempo, hay que contar con los que cumplen la edad de escolarización obligatoria y se marchan fuera del centro (o se quedan, que puede pasar) y los que terminan el último nivel postobligatorio, que también se marchan: esos se restan.

El cómputo de todo eso es complicadillo y muy arriesgado, y las consecuencias de no acertar pueden ser catastróficas.

Una vez que se sabe cuántos alumnos hay en cada nivel se debe determinar cuántos grupos puedes hacer. Ahí interviene el Inspector, que te da un mínimo de alumnos que debe haber por grupo antes de permitirte abrir otro más. Ese mínimo se conoce como ratio. En nuestro caso, 30; o 33 si es en bachillerato. Es curioso que ese mínimo sea, en realidad, el máximo de alumnos que permite la ley por grupo. Así, por ejemplo, si tienes 59 alumnos en un nivel sólo puedes hacer dos grupos. Pero si tienes 62 ya puedes hacer tres. Ahí hay que andarse, por tanto, con ojo, y presentar unas cuentas creíbles y bien meditadas, porque perder un grupo significa perder profesores. En algunos niveles eso puede significar el caos.

Lo normal es que el Inspector informe del número de profesores que la Administración tiene pensado darte: a eso se le conoce como cupo. Si la ratio impone un mínimo, el cupo impone un máximo (que en realidad se corresponde con el mínimo de profesores necesarios). La razón de esa inversión lógica es evidente: economizar costes, una obsesión permanente de la Administración, y más en estos tiempos de crisis económica, en los que todos debemos ser solidarios y arrimar el hombro para ayudar a la banca española a salir de su inaceptable pobreza.

Polémicas aparte, conocidos el cupo y la ratio (máximo y mínimo que debieran ser mínimo y máximo, respectivamente, pero así es la vida) se debe planificar qué profesores van a ser solicitados. Esto es lo más complicado, porque no puedes poner a un profe de matemáticas a dar lengua, ni viceversa. Como es natural, a cada profesor sólo se le puede asignar aquello que puede explicar. El proceso para realizar este paso (que es vital) resulta intrincadísimo. En algunos centros eso se hace mediante un archivo excel (conocido con cierta rimbombancia como «El Excel»), con varias páginas entrelazadas que suman, restan, multiplican y dividen. Un galimatías de horas, profesores y asignaturas que termina pareciéndose a los horarios de la red de cercanías de Tokyo.

Finalmente debes presentarle tus cuentas y tu distribución al Inspector, que debe dar su visto bueno para elevar la petición a la Delegación (o al órgano competente, en su caso). Ese último paso es el más interesante desde el punto de vista antropológico. Normalmente a la entrevista van varios miembros del equipo directivo, pues la negociación es complicadilla, y los inspectores están curtidos en mil batallas.

La entrevista con el Inspector es como una partida de tute, pero del revés. Y digo una partida entera, y no una mano. Como es bien sabido, en el tute repartes las cartas, juegas unas cuantas manos y al final de la partida tienes una puntuación, y unos ganan y otros pierden. Pues aquí es al revés: antes de empezar la partida ya sabes quién gana y quién pierde y con qué puntuación. El juego consiste en darle la vuelta al mazo de cartas y, como buenos amigos, repartírselas y ordenarlas con cuidado, hasta que armes una partida coherente con el resultado deseado. Tú puedes elegir el orden en que los puntos se van ganando o perdiendo, si cantas cuarenta o no, hasta puedes elegir cuál es el triunfo en cada mano. Pero el resultado final debe ser el acordado de antemano. De lo contrario, la partida vuelve a empezar. En esta modalidad de tute las partidas son más largas, y notablemente más aburridas. También es cierto que tiran más del ingenio, y eso es bueno para el riego.

Para que todo este procedimiento llegue a buen puerto es necesario que trabajen muchas personas al mismo tiempo (y no sólo los miembros del equipo directivo), poniendo todos los ojos y todas las manos, cada uno calculando o revisando cada cosa, algo que ningún agradecimiento puede pagar.

Y esto es todo, muy, muy simplificado. Espero haberlo explicado bien y con claridad. A ver si la próxima entrada resulta más divertida.

Un saludo, y hasta otra.

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3 Comentarios

  1. queadelantassabiendominombre said,

    Xullo 10, 2009 ás 22:07

    Efectivamente, la calidad de la enseñanza que reciben nuestr@s alumn@s y/o hij@s, depende en gran medida de una partida entre la Administración y los ”administrados”(profes, padres y alumnos), representados, respectivamente, por el inspector y el dire. El montante que cada uno de ellos puede ganar o perder depende en gran parte, de la habilidad de los jugadores, de su capacidad de negociar, su experiencia en el juego e incluso su ingenio para hacer trampas. Depende también de lo comprometido que está cada uno de los jugadores con los intereses que defiende; hay inspectores que juegan a favor de los centros educativos y directores que no se molestan ni en mirar sus cartas. Lo curioso de este juego es la banca. Sale de los bolsillos del jugador 2 (ciudadanos) y va a parar al jugador 1 (Admón), que con ese dinero paga un sueldo a su títere (inspector), pero también al contrincante (director), que en esa partida deciden el reparto de los bienes del jugador 2…es decir, los suyos propios. Qué lío!
    Clarificador, tu blog.

  2. Xullo 15, 2009 ás 06:29

    […] un par de millones Echo cuentas y descubro que para la petición de plantilla de este año llevamos ya una semana dando vueltas. Pensaba que era una cosa más rápida. Yo creo […]

    • iesonoies said,

      Xullo 11, 2009 ás 00:32

      Todo este mundillo es muy extraño. El problema de la administración es que es ciega, sorda y muda, pero está regida por seres humanos que no son más ciegos, sordos o mudos que lo que quieran ser. Que la eficiencia de una actividad tan importante para la sociedad como la educación (o formación) dependa en tal grado del voluntarismo es tanto una maldición como una bendición. Todos los sistemas educativos del mundo son públicos: suponen un gasto tan grande que la única forma de financiarlos es esa (salvo aquellos sectores minoritarios orientados a la élite económica). Sólo se diferencian en la forma de gestión de los recursos: gestión privada/financiación pública o gestión pública/financiación pública. La primera se llama, en España, “concertada”. La segunda es la “pública” (a secas). No existen pruebas (o yo no las conozco) de que una sea mejor que la otra (me refiero a “escandalosamente” mejor o peor, puesto que sabemos que hay direrencias). Si no somos capaces de demostrar que la segunda es tan eficiente en la gestión de los recursos como la primera, entonces seré el primero en pedir que la desmantelen.


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